La Ley Suprema de México, fruto de años de lucha por la libertad e igualdad, en donde se establecen principios rectores y se garantizan derechos fundamentales, prescribe la forma de gobierno que ha de imperar en esta nación. Es así como los Artículos 39 y 40 constitucionales son primordiales en lo concerniente al fundamento de la estructura gubernamental y de organización política actual.
Pero ¿qué es la democracia?, ¿qué podemos entender con este término?, se puede concebir como el sistema político en donde la fuerza esencial radica en el pueblo de un Estado, esté va a ejercer su soberanía mediante cualquier forma de gobierno que decida establecer. En este tenor, es el pueblo el que decide como se ha conducir el país, pero sobretodo, quienes son los que han de tener el privilegio y honor de hacerlo, y con ello adquirir una responsabilidad frente a los habitantes: conducirse conforme a los principio de honestidad, igualdad, imparcialidad en pro de los intereses generales de la nación, dejando a un lado intereses particulares y actos que afecten a la sociedad.
Es así como, en virtud del principio de democracia, el pueblo de México elige a sus representantes y decide con ello quienes han de ejercer la autoridad suprema. Y ¿cómo los eligen? El mecanismo que se implementa es el de sufragio popular, comúnmente denominado “voto”, y ejerciendo el voto los mexicanos decidimos quiénes se han de encargar de la administración, de la emisión de leyes y, en consecuencia, de la impartición de justicia en el país. Y así como elegimos quienes han de ocupar estos cargos de igual forma podemos decidir cuando han de dejar de ocupar estos cargos, aunque este último aspecto en nuestros días no tiene la aplicación que deseamos, prueba de ello son los servidores públicos electos que sin dar óptimos resultados aún siguen ocupando sus puestos y lo que es peor siguen beneficiándose económicamente, todo en detrimento de los intereses sociales.
Si la esencia de un sistema democrático supone la participación de la población, fundamentalmente, en la elección y nombramiento de representantes para el ejercicio de los distintos poderes del Estado, hoy en día se pone en duda la real participación del pueblo, debido a las numerosas controversias que en cada elección, sea federal o local, se presentan.
Los medios de comunicación juegan un papel importante: ellos son los encargados de informar a la población de estos acontecimientos de manera objetiva e imparcial y lo más real posible. ¿Qué pasa? que damos cuenta de las batallas campales que en cada evento electoral se presentan, entre seguidores de algún partido político, que de ser un pleito entre dos pasa a ser un pleito entre grandes grupos, y los medios toman parte, buscan culpables, atañen responsabilidades cuando no les corresponde hacerlo. Para eso están las instituciones electorales, esa es su función y solo ellas pueden desempeñarlas, nadie mas.
La presencia de partidos políticos en un país da cuenta de la pluralidad de ideas, de convicciones, pero con un fin en común: el bienestar social, de todos y cada uno de los habitantes, en cada rincón del país. Son los vehículos de acceso al poder publico, de participar en la vida política del país, de postularse a un cargo; si una persona comparte los ideales de un partido político se afilia al mismo y trabaja en conjunto, hace propuestas positivas y en pro de la población; y ya en el poder deja aún lado los intereses tanto particulares como del partido. La presencia de estos garantiza la inexistencia de monopolios de poder y expresa la libertad del pueblo: de elegir la forma de acceder a la representación del país, de los intereses del pueblo.
Pero bien dice el dicho popular “Ni tanto que queme al santo, ni poco que no lo alumbre”, en México existe una gran cantidad de partidos políticos, que surgen por conflictos de intereses internos entre los dirigentes de los mismos partidos, y con ello generan un desgaste económico, jurídico y político, en virtud de las consecuencias negativas que generan: desvirtúan a las instituciones rectoras, se dan las descalificaciones institucionales y personales, pleitos, marchas, plantones, y muchas mas que son el pan nuestro de cada día.
El problema radica, tal vez no en su existencia sino en su forma de conducirse, en vez de establecer proyectos en conjunto en pro de satisfacer los intereses de la sociedad, dirigen sus esfuerzos en descalificar al contrario, en oponerse a todo, en investigar sin llegar a conclusiones, en dañar a otros; pero no se dan cuenta, o tal vez si pero lo ignoran deliberadamente, de que el mayor daño impacta directamente en la sociedad, en aquellos que diario trabajan por ganarse la vida, por mejorar el país; si bien impacta en generaciones presentes también en las futuras, por que son ellos los herederos de la realidad de hoy, estamos condicionando al país en forma negativa.
Con gran tristeza y pesar damos cuenta de la situación política actual, día con día la ineficacia de las instituciones se hace presente, los intereses particulares ponderan sobre los generales, nada se toma con seriedad todo es un juego, juego en donde el perdedor, como siempre, es el pueblo. Las leyes no se respetan, la Constitución no se respeta, las autoridades no se respetan ni entre ellas mismas. ¿Dónde quedan los principios de la Constitución? ¿Dónde quedan los años de lucha de los antepasados? ¿Dónde queda la fuerza de las instituciones? ¿Dónde queda la fuerza del pueblo? En papel, en “regalitos” insignificantes, en grandes cantidades de dinero que nunca verá el pueblo, en promesas de campaña que se lleva el aire, en manipular al pueblo a conveniencia.
Y ¿Quién tiene la culpa? ¿El pueblo o los dirigentes? Considero que ambos: el pueblo por no exigir, por no vigilar, por dar todo, por ser indeciso, por no hacer valer su fuerza, por su pasividad que llega a comodidad, por dejarse manipular. Los dirigentes por ser ambiciosos, por ser egoístas, por manipular a otros y al mismo tiempo dejarse manipular, por dejarse enviciar, por traicionar sus ideales, por traicionar al pueblo.
Este es el panorama de la democracia en México, que se ha enviciado, la soberanía ya no parece residir esencial y originariamente en el pueblo, si no en unos cuantos, el papel de la fuerza es de los poderosos, de los ricos, que pueden manipular todo y engañar al pueblo.
Es tiempo de replantear el papel de las instituciones, de hacer valer los principios rectores. Si las principales características de la democracia son la libertad individual, (que proporciona a los ciudadanos el derecho a decidir, a determinar sus propias trayectorias y dirigir sus propios asuntos), la igualdad ante la ley, el sufragio universal, la educación, la seguridad, la certeza… es momento de actuar, de exigir que estas características sean aplicadas en un marco de legalidad y respeto en beneficio del pueblo. Si el fundamento es la fuerza del pueblo es el momento de establecer las vías idóneas por las que se ha de obtener esa fuerza.
Es momento de hacer justicia a los antepasados, a los que lucharon por que tuviéramos una patria libre, por tener derechos, por tener voz y voto. De hacer justicia a los grandes documentos históricos, donde se recogen derechos civiles y políticos fundamentales que atañen a personas y naciones: en este tenor no podía faltar la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, pionera en derechos sociales, y que a su vez garantiza a los mexicanos derechos tan esenciales como la vida, la libertad, la intimidad, las garantías procesales, de reunión, asociación, huelga y autodeterminación entre otros.
Es tiempo de recuperar nuestra fuerza como pueblo, de exigir respeto a nuestros representantes, quienes sin nosotros no podrían estar ocupando ningún cargo; es hora de que el papel protagónico lo lleve el pueblo, de emplear nuevos mecanismos de control y acceso al poder, de hacer efectivos los artículos constitucionales, por que el pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.
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